wooden arms
Creces y evoluciones, entiendes y comprendes que cada uno esta formado de microemociones que rigen nuestras vidas. Aspiraciones que pueden se cumplirán o se perderán en el aire. Somos nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras obsesiones y nuestros miedos. Todo ellos mutables, variantes a medida que pasa el tiempo. Tiempo que se consume lentamente, día a día. Microemociones que se unen a tu sombra, se inyectan en la parte más profunda de tus pupilas. Microemociones que son las arrugas en las comisuras de mi boca. Momentos amargos, momentos deliciosos, momentos de olvido y recuerdo, marcando a fuego cada una de nuestras expresiones, como un mapa de los sentidos. Y de entre todas las emociones, el Miedo y la Angustía, con sus ropajes negros, como entes sin cara que van aferrándose a tus piernas al andar, trepando lentamente por tus brazos para acabar cubriendo tu cara con una fina capa de grises y negros.
Miedos que se convierten en ansiedad, ansiedad que guardamos en esas mochilas que cargamos siempre a nuestra espalda; pesadas, de un color azul oscuro, casi casi negro. Mochilas heladas como las nieves de invierno. Miedos, angustias y ansiedades encargadas de soplarte detrás de la oreja en las noches que regresas a casa por calles iluminadas por viejas farolas y letreros desgastados.
Y del abanico de miedos, a medida que creces, el miedo a la soledad. Un miedo vestido de ángel exterminador, portando el báculo de la autocompasión y la aceptación del destino como algo indestructible. Miedo maduro, lejos de los meros temores de la adolescencia, aún con años por delante. Miedo y ansiedad que se refleja en un vacío eterno, como un pozo, dentro de tu pecho expandiéndose por tus entrañas; un miedo irrefrenable que te aprieta y encoje tus pulmones a cada respiración.
El miedo a la soledad no es palpable. Es un cúmulo de pensamientos fugaces y funestos. Es la vocecita que te recuerda que, en unos años tus seres queridos perecerán, como hacemos todos y aquellos que no hayan podido encontrar la mano de un nuevo compañero de viaje, un sustituto para el amor incondicional de tus mayores, quedan aislados en pequeñas islas solitarias, desvaneciendose poco a poco, dejando de existir poco a poco.
Es un miedo que te susurra por las noches, que te lleva a un lugar oscuro y siniestro, con cánticos sobre cenas en silencio, en tardes eternas de lectura de estudios, en animales de compañía con nombres de personas. A visitas mensuales para un café fugaz con aquellos que un día denominaste amigos, que ahora son padres, esposos.
Soledad involuntaria, de obligado cumplimiento que provoca sollozos, una melancolía que acabará por caer, como un telón al final de la obra. Es un miedo que grita en tu interior y, que sabes que acabarás por asumir, helando tu corazón al mundo.
Pero por el momento, cuando llega la mañana, ocultas tus miedos y te enciendes a lo bonzo cada vello de tu cuerpo, agarrando las próximas 24h de vida en un estado de exaltación, oyendo el tic-tac de este reloj que marca los días que te quedan hasta convertirte en naufrago de esta isla que cada día se separa un poco más del mundo, de los demás.
Duerme, respira y anhela para encontrar unas manos, aunque sean de madera.
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15, sep | 2 comentarios evafrade compártelo Tags: escritos
2 comentarios
Personally I like symphonic orchestra really very much - such concerts are always amazing!
great concert. music is so great
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