olas de más de 20 metros
Hacía años que soñaba con ser tripulante de la nave del Capitán, y tan sólo meses atrás había podido superar los complejos navales y enrolarse en la tripulación de esa embarcación que, ya hace más de medio año había zalpado rumbo al horizonte, desde el muelle del pequeño pueblo de pescadores, marineros y maleantes.
Recuerda la emoción en el momento del adiós, las manos agitadas y temblorosas de las mujeres y madres al despedir a sus familiares hacía lo desconocido. La embriagadora sensación de libertad en el momento de verse separado de la tierra firme.
Y ahora, ya hacía meses que estaban encerrados en la cárcel de su transporte al futuro. Habían dejado atrás cantos de sirenas, escollos coralinos de colores fantasiosos, tormentas verdes, moradas, que habías jugado con el barco como si un ordinario juego de canicas fuera. Atrás había quedado ya el invierno, el otoño y la primavera. Y con cada una de esas estaciones, había quedado atrás el sueño y la convicción de llegar al destino prometido tantas y tantas veces, entre las botellas de ron al anochecer, justo antes de caer dormido por el canto de cuna de la luna.
Ya no recordaba cuanto tiempo hacía desde el día que había perdida la esperanza de llegar a algún lugar o, incluso fantasear con la idea de volver a casa. Ya no había vuelta atrás para ellos, sólo el infinito mar que los envolvía; a veces azul, a veces verde, una paleta de tonos aguamarina que llegaban hasta el más oscuro de los grises.
Algunas veces, el mar se vestía de gala. Sus escamas liquidas se adornaban de destellos dorados en el día, plateados de noche. Como cualquier muchacha presumida, la mar decoraba su piel con tatuajes de peces, algas y rocas.
Él, miraba el tiempo escolarse por el infinito, perderse entre la diminuta línea que distinguía el cielo del mar. Ya no pensaba, ya no sufría, ya no añoraba. Solamente podía ser observador del pasar de las horas, absorbiendo esa vida inmóvil.
Cuando caía la noche, se sentaba en uno de los lados de la embarcación; le encantaba el tacto de la madera salificada al tacto de sus rugosos pies. El refrescante aliento de la noche en su cara, el beso del agua en sus labios.
Así le pilló la tormenta, en plena calma y disfrute. No tuvo tiempo de preparar un plan de huída; las olas de más de 20 metros cayeron sobre sus espaldas y lo empujaron hasta el fondo del mar. Y después de tanto tiempo encima de la nave, él ya no se acordaba de nadar.
Isabel dijo
Tus fans queremos una actualización!!!!
29 Julio 2009 | 10:23 AM