Mil flores
En los años setenta, la vieja Sra. Harvey, era conocida en el pequeño pueblo costero por sus buenos modales, su infinita amabilidad y su exquisito gusto por las flores. Detrás de su casa, reinaba un jardín pequeño, de pose clásica, donde se reunía con los varios visitantes a eso de la 5 de la tarde, para la hora del té. En aquellas conversaciones alrededor del Old Grey thé, las señoras alababan a la huésped con sonoros halagos sobre su conocimiento de la botánica; admiraban los colores y destellos del jardín mientras tomaban pequeñas pastas dulces que la vieja viuda les servía.
Más por desgracia, la vida es limitada, y la Sra. Harvey murió ya hace tiempo. Dado la reputación de la vieja anciana, al principio, varios de los habitantes de la pequeña villa, iban asiduamente a ese jardín. Llevaban con ellos té y pastas, y dedicaban la tarde recordando anectodas pasadas, rememorando a la pequeña y sonrojada señora Harvey y, arreglando con esmero el jardín de belleza arquitectónica.
Los años pasaron y, por desgracia, el jardín fue perdiendo, año tras año, visitantes que lo cuidaran. Finalmente, el jardín desapareció del recuerdo común del pueblo, quedando olvidado y salvaje. Sin el cuidado de nadie, el antiguo jardín clásico; antes lleno de pensamientos uniformados de colores y margaritas blancas e inocentes, ahora restaba sepultado debajo de plantas exóticas, agrestes, de colores vibrantes producidos por orgullosas madreselvas, inflamadas ginestas, amapolas sangrientas y lilas llorosas.
Ante los ojos del tiempo, se alzo majestuoso un jardín lleno de vida; mariposa e insectos campaban a sus anchas, el riachuelo que decoraba el centro del jardín, se lleno de alegres ranas y pececillos, las paredes de la antigua casa, se cubrieron de enredaderas; Santa ritas, trompetas, yedras.
Todo ese resplandor era desconocido por la mayoría de la gente, que su vida gris y monótona, había aplastado los perfumes del jardín perdido y ya no tenía tiempo para pasarse por la antigua casa de una mujer muerta.
Al principio, el jardín, se sentía sólo y triste; tenía todo ese amor por dar, toda esa vida en su interior y nadie se acercaba a admirarlo, a llenar sus ojos de la instantáneas multicolores que él les presentaba.
Sin embargo, con el tiempo, algunos ojos inquietos y corazones feroces, empezaron a llegar al jardín como atraídos por un extraño sentimiento. En él, encontraban su lugar preferido, su secreto, un refugio del mundo que los mareaba como vorágine, un remanso de paz donde los sentidos eran dominados por intensas fragancias, colores y sonidos. El jardín era un paraíso oscuro y salvaje, sólo apto para aquellos atrevidos que decidieran arriesgarse y saltar la verja; para parejas en busca de un lugar donde dar rienda a su amor, filósofos en busca de la verdad escondida, pintores....todos ellos, hombres y mujeres silenciosos, gustaban de dicha estampa y guardaban el secreto ante esa maravilla.
El jardín, ante está nueva compañía, entendió que había valido la pena. Que aunque su belleza exultante resultase invisible a los ojos del mundo, existían pequeños seres capaces de penetrar en ella y sentirse abrumados por los colores de sus mil flores, por la profundidad de su olores, por la grandiosidad de su vida. Y eso era mejor recompensa que los cuatro halagos de mujeres centradas en el color de su té.
evafrade dijo
Por cierto, libro 100% recomendable para niñ@s ( y no tan niños), es "EL JARDÍN SECRETO" de Francis Hodgson Burnett.
11 Junio 2009 | 01:56 PM