SOFIA Y LA BALLENA
El agua era fría, congelada. Su cuerpo caía despacio, flotando como una pequeña mota de polvo en el espacio. Sus ropajes medio rotos, mostraban sus muslos blancos y parte de su abdomen, que seguía expulsando sangre y entrañas a medida que bajaba varios metros más.
Notaba como su cuerpo se arrugaba, como la presión hacía que todo fuera pasteloso, denso. Como si en vez de ahogarse en este océano lo hiciera en un embalse de aceite.
No sentía dolor, eso ya había pasado en justo momento en que notó que se desprendía en el último aliento. Ahora se veía como un pez, como si de pronto le hubieran crecido unas branquias invisibles y, por unos instantes miró a su alrededor.
Había otros cuerpos. Todos cayendo hacía el fondo como él de ella. Algunos vestidos, con sus ropajes, otros desnudos. Muchos caían con cara de terror, solos, agarrándose las gargantas como en un intento de no expulsar el oxigeno maravilloso que se terminaba sin remedio. Otros, sin embargo, caían juntos, abrazados, enzarzados en un calor humano que ya no existía. Cerró los ojos, y se dejó caer.
Imagínatela viva: Ella, una muchacha de ojos claros, de piel blanquecina, andando por la angosta costa que se iniciaba desde el faro como en sueños, dubitativa. Miraba el mar, el final del mundo. Mantenía la cabeza alta, soberbia, y se dejaba mecer por los vientos que remolinaba su pelo y lo llevaban hasta el cielo. Ella notaba sus labios gélidos, que ahora parecían tímpanos de hielo y estaba segura que habían tomado un color amoratado, como el que se obtienes después de beber varias copas de vino. Sus mejillas, tenían un dulce tono rosado que habían adquirido por la exposición ante una naturaleza tan salvaje, tan oscura, que hacía que ella se ruborizaba ante la exactitud con el que las olas chocaban contra las rocas, cientos de metros debajo de sus pensamientos.
Se sentía en pleno contacto con el mundo, con aquel mar, con aquel acantilado, con aquel faro. Y sin embargo, se encontraba ahí porque no era capaz de formar parte del reloj social, de el complicado entramado de las relaciones sociales, de las intimidades expuestas, de las exposiciones más intimas. El mundo de los pájaros y de las olas le parecía más lógico que el de las relaciones afectivas. Pensaba en dejar su cuerpo delator de su especie y conmutarse en el faro que ahora se escondía tras su espalda. Ella, un faro; una figura de rectas proporciones, con la cabeza erguida dirigida al mar, viendo pasar los siglos y sólo viéndolos por los diferentes matices de naranja y rosado en los atardeceres de abril, mientras esperaba la llegada de los barcos que se aproximaban des de la distancia. Viéndoles llegar y salir, sin que no le tomaran demasiado en serio, sin que le exigieran nada más que cuando existía la necesidad absoluta de su guía de noche.
Por un momento, sus ojos del color de las esmeraldas, se iluminaron. La luz que desprendían llegaba más allá de las brumas del peñón, se dirigía a aquellas profundidades marinas donde se esconden los secretos más bellos y más oscuros del mundo. Volvía a verse caer a través de las corrientes, cayendo en la penumbra de las aguas, para reposar con los demás cadáveres, descomponiéndose, dejando solamente unos huesos fracturados que con los años serán arena de las playas donde juegan los niños en agosto.
La penumbra dejó pasó a la oscuridad y recordó el momento, en el que se encontraba aún sin saberlo, en un punto sin retorno. Su idea de andar hasta el faro había sido conducida por un subconsciente que pedía a gritos ser oído, a ser el motor de las reacciones de futuro. De su cuerpo salían llamas del cambio y, el viento, no hacía más que avivar su fuego. Como si de una ofrenda a los dioses se tratara, Sofía se entregaba a los dioses, a la matemática naturaleza, quemándose a lo bonzo por dentro, eliminando las flores muertas que cubrían sus pensamientos. Tomo impulso y saltó; del acantilado a un barco a vapor que la llevaba a las tierras más infinitas del mundo, a encontrarse con aquella naturaleza que era la única que podía entender. A dejar para siempre a los hombres y su desventuras, su vicios, sus pecados, sus torpezas y malicias.
Ahora, Sofía llegaba al final de su viaje. Su cuerpo aterrizaba suavemente encima de las dunas que se extienden por el fondo del océano. Su nuca, en un movimiento plástico, rebotó encima de una de las pequeñas rocas que sobresalían en la explanada. Noto el paro del tiempo. Por primera vez sintió la inmovilidad, la inmortalidad. El lento tic-tac por el que se mueve el mundo.
Una sombra apareció a su izquierda. Era grande y a su paso notaba como la tierra se movía, tiritaba de miedo y de excitación.
Su cuerpo fue absorbido, chupado, lamido por mil lenguas pequeñitas que, si su cuerpo aún estuviera vivo, hubiera correspondido con un espasmo lleno de placer y fogosidad. Se encontraba dentro de una ballena, que en forma de cuna, la llevaba más allá de ese campo santo acuático hasta donde duermen los árboles, donde el silencio no es un episodio sin el hilo conductor de los acontecimientos.

La muerte de ofelia- Millais (uno de mis romanticos preferidos)