Nebulae
Hubo un tiempo en el que el hombre no creía en el cielo, ni en el influjó de la luna. Sus pasos lo marcaban las decisiones tomadas concientemente, con aplomo, con un balance entre pros y crontras de manera exaustiva. Para él, esto era la justicia y el mundo debía funcionar así.
Pero sus creencias chocarón, sin querer, ante una realidad muy diferente, menos racional, menos equitativa y, muchissimo más dura. Poco a poco, sus decisiones no eran precedente de sus actos, sino que éstos eran provocados por fuertes oleajes invisibles, que lo arrastraban y le hacían dar bandazos si fin. Su vida, que antes fue recta y pausada ( casi casi de una disciplina guerrillera) ahora se encontraba sumida en la incertidumbre cotidiana de las reacciones del instito social. Ni él era dueño de sus actos, ni los demás se otorgaban la autoría de sus acciones. Las cosas pasaban sin más.
¿Cómo superar la frustación de no saber hacía donde vamos? La creencia en un plan maestro no es la solución, es la canción de cuna que hace que relajemos nuestros musculos ante la incertidumbre y el miedo. Y sin embargo, en el profundo sotano de nuestras emociones más ocultas, se oyen los gritos de terror ante la certeza que nada es controlable y que todo es fruto de la acciones de los que nos rodean, conscientes o no. Tal plan maestro no existe pero, para sofocar las lagrimas del terror, el hombre empezó a creer en las estrellas.
Hubo un tiempo en el que un hombre marcaba su destino, pero ya no.