Rebelión en la granja
Cuando uno se recoge en uno mismo y puede observar des de el punto de vista del narrador, más allá de la interacción humana y social, es el momento idel para poder anudar los trazos y líneas que la propia personalidad (o la falta de ella) deja como rastro así como la colmena humana que nos rodea, se forma, de expande, se reduce o simplemente muere.
De todo ello, sin embargo, es muy probable que sólo tengamos consciencia ciertos nanosegundos de nuestro tiempo, dada la dificultad sucinta de separarse de la carne y el hueso, de los sentimientos que te estrujan los intestinos.
Sin embargo, y aunque sólo sea en este mini espacio temporal, uno es capaz de ver cosas que hasta ese momento no había racionalizado. Incluso a veces, puedes ver con más frialdad aquello que ya tenías en mente, pero que no habías podido corrobar.
Así, muchas veces, te encuentras que lo que parece no es lo que és, que lo que prometerá nunca será, y lo peor, que lo que era nunca fué. Una vez más, flotando entre los dos mundos existentes, el de la plasticidad o el de la verdad, se intenta mantener la (auto)crítica activa, la cabeza fría, los pies en el suelo, y aguantar (temiendo lo peor).