amaneceres
Ana tenía los ojos cejados por el sol. Las noches le pasaban factura esa mañana de domingo. La verdad había sido demasiado cruda para poder aguantarla sin una copa a su lado, sin un cigarro
quemando en sus dedos. Debajo de la oscuridad de sus gafas de sol, daba cobijo a las lágrimas y a las sonrisas que inundaban su ser a esas tempranas horas. Los días, las semanas o quizás los años de engaños pasaban factura a modo de una cierta optimista melancolía que acompañaba al amanecer.
Se sentía llena de fuerza. Hoy, desvancándose de la tradicional desdicha, se alegraba fríamente de lo traicionera que había sido la vida con ella. Había descubierto en un golpe del infortunio como todo habían sido mentiras en su corta vida. Pero ya no lloraba más. ¿Para que? No serviría de nada. Los cuentos de hadas ya no existen. La caballería tampoco. Hacía pocas horas descubría como era de amargo y de dulce la realidad que ahora palpaba cada centímetro de su piel canela bañada por el sol de invierno.
Ayer creía poseer la verdad del mundo. Se sentía parte de algo en conjunto, de un grupo, de una colmena, pero
hoy sabia que todo no era más que un nido de avispas y que de pronto, éstas decidieron acabar con ella picándola hasta la muerte.
Juan, su amor, su devoción, el hombre con el que pretendía tener niños, ya no era un ser amado y respetado. Juan no era Juan, sino un hombre vil, despreocupado y egoísta, que había crecido con las ideas preconcebidas de su década; el estilo, la dulzura y la “monería”. Ayer Juan, al dejarla por esa chiquilla dos tallas más delgadas, con menos ascos para mentir y sonreír, había demostrado que nunca se ocupó de su corazón sino de su apariencia. La que le daba a él al salir con alguien tan bonito como ella. Y ahora…. Ahora prefería a otra para que le adornara en sus fiestas y relaciones sociales.
¿Cuándo empezó a cambiar todo?
Ana no lo recordaba. Sólo sabia que algo en su interior había mudado, evolucionado más allá de lo políticamente correcto; dejó de mentir. Dejó de comprar las revistas de tendencias. Dejó de olvidar los golpes de los demás y aprendió a querer lo más preciado en su vida, a ella misma.
Pero…. ¿Por qué al apreciar la independencia del ser, su estado único, todos los demás le dieron la espalda? No lo entendía, no lo entendió hasta ese mismo amanecer.
Nos tenemos miedo a nosotros mismos, a la soledad que genera un estado de autosuficiencia y plenitud. La falta de necesidad de los demás. Por ese motivo, nos dejamos caer en el abismo de las críticas fáciles, de los entramados de falsa intimidad para ganarnos a un grupo. Nos hacemos a imagen y semejanza del status que queremos tener. Y de ésta manera, las afinidades, los corralillos y los grupos se cierran en si mismos. Pretendiendo ser con la fuerza de construir algo con relevancia, algo que los demás admiren al pasar.
Y sin embargo existe gente valiente. Gente como Ana, que un día decidió que el status es sólo una percepción subjetiva de lo que queremos parecer. Ana quería ser. Decidió que nacería por dentro con franqueza, con libertad y sin remordimientos.
Al amanecer de éste domingo, Ana lloraba de rabia por no haber descubierto la mierda que cubría sus ojos hasta entonces. Ana reía de los que des de las profundidades de la inconsciencia la odiaban.

MuT dijo
Aixó ho has escrit tu???
25 Octubre 2007 | 09:08 PM