Púlsame, apriétame, rasgase, estírame, pero por favor, haz que suene música de esta cuerda tiesa, de metal o de plástico.
Desde que soy, no dejo de ser parte de ese mobiliario regalado, que sólo nota el paso del tiempo por el cúmulo de polvo que recubre mi funda de negro desgastado.
Como instrumento, he sido utilizada por otros, que me han tocado con violencia, con timidez. Mis cuerdas se rompieron en ciertos momentos, otras, se fueron desafinando causando sonidos desarmónicos y chirriantes.
Me paseaste por ciudades y paisajes. Me llevaste a tu lado, no compañero de viaje, sino como recuerdo de una infancia (semi) feliz. Tu nexo con el pasado.
Hoy, que me desempolvas, me sacas del olvido en el que me había sumido y me mirás con cariño y cuidado. Has comprado el material necesario para que te dé las notas exactas y te dispones a iniciarte en el arte del amor, acariciando suavemente mi tapa frontal.
No te rindas esta vez.
Púlsame, apriétame, rasgase, estírame, haz que suene música de esta cuerda tiesa, de metal o de plástico, que ya se ha olvidado que es la música.
Ya llegó el invierno a Palma, y con ello, también la vida a puertas cerradas, en la noche de más de 8 horas. Vuelven las cervezas en sofas, las canciones ambientales hasta las tres de la mañana. Vuelven las chaquetas y la vida como una cebolla.
Y con el invierno, vuelve "in this house on ice"
P.D. Con portatil nuevo, llegarán nuevos relatos. :D
En mis historias nunca pasa nada, lo sé. Soy plenamente consciente que estos escritos que inundan el blog, no tienen un inicio- nudo-desenlace. La acción física es lo suficientemente pequeña, ínfima para que se haga imperceptible al ojo humano.
Será que mis historias son inmóviles. Son completamente estancas, como muchas veces me pasa a mí misma. Siento que me quedo petrificada ante la acción que debía ocurrir y no ocurre. Mi cuerpo queda anestesiado por la realidad, muerto. Y de mi cabeza sólo salen palabras destinadas a colmar el vacío de mis actos.
Pero las palabras son lo único a lo que puedo aferrarme. Y de ellas sacó la fuerza y la convicción para hacer de mis pensamientos actos y seguir avanzando
Las pompas eran de todos los colores, algunas verdes, otras amarillas. Aunque su esfera era cristalina, el reflejo de las imágenes del parque donde Lidia jugaba los domingos con su familia, hacía que las burbujas brillarán con intensidad.
A ella le fascinaban. Pensaba que dentro de esas cajitas esféricas cabían sus ilusiones más personales y que estás se balanceaban dentro de las pompas hasta el cielo, donde se harían realidad. De ésta forma, Lidia correteaba por el sendero del parque imaginando y soplando sus sueños, viéndolos volar hacía donde vivían las nubes.
La gente cree vivir una vida normal, y sin embargo, dentro de cada uno existen pequeñas creencias mágicas que nos hacen ser de cierta manera. Para Lidia, aunque los años pasaran, seguía manteniendo con ella la idea de que los sueños se pueden meter dentro de pompas de jabón. Y con los años, lo que fue juego infantil, fue incorporándose a su vida como ritual para cumplimiento sus anhelos.
Miguel sin embargo, siempre creció con la idea de ser constructor. Constructor de sus propias murallas, que había realizado con esmero ante los golpes de la vida. Ahora, a sus veintitantos, vivía cuál príncipe dentro de su castillo de fortificaciones anchas y grandes. Nadie era capaz de alborotar la paz del constructor, apartado de la gente. Escondido.
Que sonrisa picara tiene el destino, cuando aquella noche de viernes dejó a las puertas del castillo de Miguel a la dulce Lidia. Los dos, juntados por ciertos amigos comunes, habían coincido en un tal bar de tal ciudad, para unas copas. Lidia, quedó cautivada por las formas de la muralla de Miguel. Y Miguel, quedó perplejo ante esa niña de ojos pequeños. La conversación fluía entre los dos; ella sentada en la pradera más allá de la fortaleza Real, él asomado a la tapia del muro exterior.
En uno de los momentos mágicos de estas noches de vino y tabaco, Lidia decidió enviarle un beso a través de una de sus pompas de jabón. Respiro profundamente y realizó una burbuja grande, que envío a su destinatario, quién la esperaba 10 metros más arriba con las manos extendidas.
La pompa explotó al roce de una de las piedras que formaban la fortaleza. Lidia volvió a intentarlo una vez más. Otro fallo. Por más que hinchara sus pulmones, que le pusiera todas las ganas, las Burbujitas no eran capaces de superar la áspera roca que les separaba a los dos.
La noche terminó con dos besos en las mejillas y un tímido buenas noches, mientras sus caminos se separaban. Cada uno dirección a su hogar.
Qué pena que ninguno de los dos se hubiera dado cuenta lo diferente que hubiera sido la noche, y quizás la vida, si Miguel hubiera abierto la puerta del castillo, o si Lidia hubiera preferido escalar antes que hacer llegar señales frágiles como pompas de jabón.
Miró por la ventana y todo le recordaba al día en que los papeles de su escritorio salieron volando a causa del viento.
Notaba como el sudor le resbalaba por la espalda; deslizándose suavemente desde el inicio de la nuca y bajando delicadamente a través de la curvatura de su columna hasta ir a morir donde todo muere. El calor hacía horas que se había convertido en algo pesado, espeso. En una masa amarilla y dulzona que paralizaba su cuerpo con un cansancio insaciable.
Llevaba días tirada en esa habitación medio desecha, hecha de cáñamo y bambú, y de algunos trozos de las palmeras que rodeaban el recinto. Medio vestida, o quizás, medio desnuda, restaba tendida en la cama sin ninguna aspiración más que la de ver pasar los minutos del reloj de pulsera que hacía las veces de despertador, ahora postrado sobre su propia correa metálica a forma de despertador.
Podía oír su tic-tac incansable pero lento, como si arrastrara las propias cadenas que el tiempo se encarga de poner alrededor de nuestras muñecas y tobillos. Mientras, Sara mantenía la vista clavada al techo, al ventilador. Un ventilador viejo y despintado, que daba vueltas alrededor de su cabeza.
El calor era insoportable y no había manera que llegara una gota de viento a su piel, que cada vez ardía con más fuerza. Sus entrañas se estremecían y consecuentemente proporcionaban calambres que, como rayos de una tormenta, recorrían sus extremidades, acabando en golpes secos hechos por sus manos, por sus pies.
¿Quién le habría dicho de venirse aquí? ¿Quién la convenció? Sara buscaba culpables a sus decisiones, mientras las gotas de sudor se colaban por la boca medio abierta, dejándole un sabor entre refrescante y salado en la boca, que llevaba seca desde hace horas. Su única solución era dar toda la potencia posible a ese ventilado ya medio roto y, que apenas arrojaba una brisa agradable.
Cerró los ojos y recordó el viento; la brisa de primavera en sus labios, el soplo de viento frío de otoño en sus hombros, las ráfagas aventureras tapándole los ojos en verano, y el aura gélida de su cuerpo en invierno…El viento, el viento en su estado puro, el soplo por aires nuevos, por emociones nuevas. La libertad en forma de pájaro. El terror en forma de huracán.
Glop.
La gota cayó encima de su frente, después de colarse cuál espía por las rendijas de aquella cabaña mal-hecha hacía ya años y, porque no decirlo, necesitaba una mano de obra con urgencia. Glop, glop… más gotas caían encima de su cuerpo febril y dentro de la estancia, rebajando a cada segundo el ardor de aquél espacio.
No se hicieron tardar los truenos, ni los relámpagos. La tormenta se acomodó encima del valle y llenó de agua toda aquella naturaleza que gritaba su nombre.
Sara, notó como su cuerpo refrescaba y como la vida volvía a recorrer sus brazos y piernas. Ya no se asfixiaba. La lluvia había conseguido lo que el aire y su ventilador, no.
Ana viaja sola por el mundo. No tiene camino, no tiene destino. Camina sola, despacio, tal y como así le enseñaron sus padres y los padres de sus padres. Con ella viajan todos sus ancestros desde el principio de los tiempos. Le sonríen al pasar.
Al pisar, lo hace con paso seguro, es de la única manera que sabe hacerlo; cabeza alta, mirada al cielo. Al pasar, disfruta de todas la distracciones que le ofrece el paisaje. Su sonrisa no desfallece, es tan amplia como los ríos que atraviesa.
A su espalda, todo aquello que ha formado parte de su existencia y, que a medida que avanza por estos lares, va recogiendo con sus manos. Carga sobre sus hombros morenos por el sol pensamientos, momentos, dibujos, piedrecitas y alguna que otra canción que ritualmente guardará en su mochila marrón corrodida por los tiempos. Sus pasos se aferran al camino, su mente se expande más allá de la vía lactea.
Ana es una mujer perfecta; contiene en ella todo en su justa mesura. Es buena en casi todo y, sin embargo no cree destacar en nada.
Cuando la viajera se cruza con alguién en su camino, la reacción es inesperada pero conocida; hay quién la adula, quién la envidia, quién la teme, quién la desprecia. Pero Ana nunca se siente amada.
Ellos, la mayoría, son sólo marionetas a los ojos de ella. Personas estancadas dentro de sus parametros estandar. Ellos, tan lejos de donde ella se encuentra, siempre le preguntan por sus andares solitarios, no entienden que Ana no sabe caminar de otra manera. Es lo único para lo que ha parecido nacer.
De cuando en cuando, Ana descansa en su camino. Se sienta al pie de algún sendero y dejar que su cuerpo se relaje y se una a la tierra que pisa.
A medida que los días, los meses, los años pasaban, los caminos se hicieron más encrespados, arduos y dificiles. Había senderos llenos de arbustos, otros tan secos como desiertos, otros con subidas vertiginosas. Pero ella nunca se detenía. Cuando sus piernas ya no podían más, se sentaba en una borde y observaba todo aquello que la rodeava. En ocasiones, otros viajeros la acompañaban en aquellos descansos; viejos solitarios, que compratían el pan y el agua y algunas palabras, a la espera de la próxima etapa.
Nadie llevaba la mochila de Ana, quién arrastraba su vida en los días de fuertes tormentas o de grandes vientos. Todo el mundo que la veía daba por supuesto que ella no necesitava a nadie, que en su perfección, su sola presencia era un estorbo.
En el albor de la noche, junto a la hoguera, Ana se quejaba de las ampollas de sus pies, de lo largo del camino. Y buscava entre la noche una sonrisa reconfortante que nunca llegaba.
Que sola era la vida de la mujer perfecta; fuera de todo convencionalismo, olvidada por los principes rescatadores, leos de la comodidad de las pertenencias emotivas.
Hacía años que soñaba con ser tripulante de la nave del Capitán, y tan sólo meses atrás había podido superar los complejos navales y enrolarse en la tripulación de esa embarcación que, ya hace más de medio año había zalpado rumbo al horizonte, desde el muelle del pequeño pueblo de pescadores, marineros y maleantes.
Recuerda la emoción en el momento del adiós, las manos agitadas y temblorosas de las mujeres y madres al despedir a sus familiares hacía lo desconocido. La embriagadora sensación de libertad en el momento de verse separado de la tierra firme.
Y ahora, ya hacía meses que estaban encerrados en la cárcel de su transporte al futuro. Habían dejado atrás cantos de sirenas, escollos coralinos de colores fantasiosos, tormentas verdes, moradas, que habías jugado con el barco como si un ordinario juego de canicas fuera. Atrás había quedado ya el invierno, el otoño y la primavera. Y con cada una de esas estaciones, había quedado atrás el sueño y la convicción de llegar al destino prometido tantas y tantas veces, entre las botellas de ron al anochecer, justo antes de caer dormido por el canto de cuna de la luna.
Ya no recordaba cuanto tiempo hacía desde el día que había perdida la esperanza de llegar a algún lugar o, incluso fantasear con la idea de volver a casa. Ya no había vuelta atrás para ellos, sólo el infinito mar que los envolvía; a veces azul, a veces verde, una paleta de tonos aguamarina que llegaban hasta el más oscuro de los grises.
Algunas veces, el mar se vestía de gala. Sus escamas liquidas se adornaban de destellos dorados en el día, plateados de noche. Como cualquier muchacha presumida, la mar decoraba su piel con tatuajes de peces, algas y rocas.
Él, miraba el tiempo escolarse por el infinito, perderse entre la diminuta línea que distinguía el cielo del mar. Ya no pensaba, ya no sufría, ya no añoraba. Solamente podía ser observador del pasar de las horas, absorbiendo esa vida inmóvil.
Cuando caía la noche, se sentaba en uno de los lados de la embarcación; le encantaba el tacto de la madera salificada al tacto de sus rugosos pies. El refrescante aliento de la noche en su cara, el beso del agua en sus labios.
Así le pilló la tormenta, en plena calma y disfrute. No tuvo tiempo de preparar un plan de huída; las olas de más de 20 metros cayeron sobre sus espaldas y lo empujaron hasta el fondo del mar. Y después de tanto tiempo encima de la nave, él ya no se acordaba de nadar.
Uno es más que lo que se refleja en el espejo. Es lo que ve, lo que piensa, lo que lee, lo que ríe, lo que huele...Este Blog no es más que un pequeño rincón de lo que hay debajo de la piel.